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Categoría: Valor Agregado (cronica)

20 Noviembre 2006

SUFRIMIENTO EN MEDIO DE LA RIQUEZA

La calle estaba sola. Vio una Toyota parqueada. Sabía que sus retrovisores eran fáciles de sacar. Se acercó, quitó el primero, se lo metió en el pantalón y se le quebró. Dudó en sacar el segundo, pero tenía que vender algo. Lo quitó y al guardárselo, alguien le empezó a disparar del otro lado de la calle. El se agachó, se escondió detrás de los carros, vio venir un bus de Sabaneta y se montó. A la esquina se bajó.

“Yo eché cabeza ese día. Preciso, era un duro que me conocía, él no se dio cuenta que fui yo, pero alguien me sapió. Yo si volví, pero él me estaba buscando y otros también. Ya tenía fama, así que me perdí del parque”. Fernando Noriega, más conocido como Chulo, volvió al Parque del Poblado después de un tiempo. Ahora cuida los carros que vienen a la iglesia San José, se mueve entre ellos con agilidad. Ayuda a las señoras a llevar las flores, que le compran a Doña Marta, al carro. Las sostiene en el brazo que tiene la muleta y recibe la plata con la mano que está apoyada en el bastón. “Gracias reinita, que la Virgen me la acompañe”.

“Ese muchacho era una plaga, hacía parte de las banditas que robaban en el parque. Yo lo conocí cuando tenía 7 años y la mamá sufría con él desde esa edad. Mírele esa cantidad de cicatrices, siquiera ya cambio, porque sino...”, dice Marta Atehortúa al quitarle la gorra a Fernando.

Marta, “la Mona”, vende flores en el atrio de la iglesia desde hace 40 años. En su rostro se dibuja su personalidad. Las pata gallina son testimonio de una vida de risas. A ella le tocó ver la transformación del Parque. “Era quieto, alrededor eran mangas y casas de pueblo. Ahora es una ciudad. Al parque lo remodelaron, pero quedó más feo. Antes era plano y tranquilo, ahora solo es ruido y gente”. Mira al parque, que parece muerto. No hay nadie. Solo unos policías que se camuflan con la naturaleza. A lo lejos se ve un reguero de color amarillo, al frente del acopio de la Flota Bernal. Y el piso está lleno de vasos de Pilsen, resultado de una noche de rumba. Ya es domingo.

Un hombre se para detrás de Marta, tiene la camisa por dentro y en la correa tiene colgado un celular. “Buenos días Marta”, ella se voltea, “buenos días”. “Me da un ramo de claveles rojos”, ella busca, entre todas las flores y colores que la rodean, lo que pide el señor. Saca las flores y se las entrega, “esa es mi vida diaria”, comenta

Desde las siete de la mañana llegan los cuidadores de carros, los indigentes, dos monjas que venden parva en las puertas laterales, el embolador, los tenderos y las personas que asisten a misa o pasan caminando.
Marta conoce a la mayoría de los transeúntes, que la buscan para comprarle. Los padres que han estado en iglesia la quieren. “Una alcaldesa me echó una vez la policía encima que para quitar las ventas ambulantes. Yo hablé con el padre Hernán Montoya, él sacó una carta y la presentó a la policía y esa señora no volvió a molestar”. Cuando no atiende, bromea con sus “compañeros” de mañana. “Yo los regaño, para que se bañen, no hagan cosas malas. No la llevamos bien. Ofelia (“cuida autos”) me ayuda, pero yo no le doy ni un peso, porque se lo gasta en trago. El único con el que no me la llevo, es Jorge, es muy grosero cuando se traba. Una vez me insultó y desde ahí prefiero guardar la distancia”, dice ella, mientras Jorge come una empanada en el puesto de las monjitas.

Jorge Hernán Buitrago vive al frente de Oviedo en el edificio de Pablo Escobar. Va al Parque los domingos a pedir plata y a la misa de doce porque es dedicada a Santísima Virgen, “a mi me ha tocado sufrir mucho en la vida, se que no he sido bueno pero el señor se las esta cobrando toditas”, Comenta Jorge.

“El CAI cambió mucho el parque. Se fumaba marihuana. Había parejitas haciendo el amor a las 2 o 3 de la mañana. A éstas les tocó ir a un parque por allí abajito, el Parque del Amor”, menciona Jorge. Jorge ha estado en la cárcel más de una vez, por robo. Allí fue víctima de una explosión, donde perdió las piernas y su piel quedo brillante como un plástico. Se queda hasta las 10 de la noche pidiendo plata en la esquina de la Calle 10. Jorge se ubica en una de las puertas de la iglesia. Empiezan a llegar los carros: Prados, Burbujas, Nissans, Mazda 6… Mujeres con gafas, con los rostros tiesos, blancos, hombres con la camisa en su sitio, cadenas de oro, celulares en las manos, entran a la iglesia. Es la misa de 12.

Antes de entrar a la misa todos saludan a Marta, le hacen encargos, preguntan por tal flor o por tal otra. Después de eso, solo quedan los mismos: la vendedora de flores, los cinco que cuidan carros y las monjas. “Primero éste era el parque de los ladrones, luego el de los marihuaneros y ahora el de los cojos”, se ríe Fernando, mira a Jorge y Juan Carlos, que es otro cojo “cuida autos”. Hablan de los tiempos de Pablo Escobar con nostalgia, donde la plata no faltaba. “Uno se dormía en la calle y despertaba con un billete de dos mil dentro de la camisa”, dice él. Hablan de lo peligroso que un día fue el Poblado y que aún lo sigue siendo. “Por ahí hay mucho ladroncito”, dice Marta.

Termina diciendo que “El Poblado todo lo cubre, como es la parte de los ricos. Eso sí, todos son muy amables, no ve que todo limosnero que viene al Poblado se amaña”.

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