"No estaba muerto, andaba de parranda..."
Toda persona tiene derecho a ser diferente. Pero, a pesar de tanta diversidad, hay algo que a todos nos iguala y no es precisamente “el trono de la igualdad” –el sanitario-… La respuesta: todos vamos a morir.
En nuestra cultura, la muerte se ha convertido en un tema tabú, algo que hay que esconder. No tenemos bien asimilada nuestra propia muerte. Las funerarias y cementerios se han convertido en algo frío, donde nos encontramos con ¿parientes? que ni conocemos; total, una farsa donde todos quedamos bien.
Pero en una ciudad donde la violencia ha sido el pan de cada día, es necesario replantear lo que pensamos sobre el valor de la vida y la muerte. Ambas “etapas” están muy ligadas, porque ante todo, el muerto antes fue un vivo y los que quedan a su alrededor, muertos serán.
Hablar de la muerte es hablar de la vida; introducirse en las profundidades de las tumbas y descubrir las tradiciones cambiantes, todas impregnadas de la sociedad en que estamos. En el Cementerio de San Pedro, esas tradiciones funerarias son muy palpables, puesto que se diferencian de una manera poco sutil las clases sociales, las épocas y los ritos. Si bien los ricos lucen grandes ceremonias, fastuosas tumbas y lugares “privilegiados”, para el pobre tiene más valor un objeto personal junto con la foto, puestos coquetamente en un extremo de la lápida.
"Cuando yo me muera no quiero que me lloren, hagan una fiesta con cohetes y flores, que se sirva vino y que traigan mariachis, para que me canten mis propias canciones…”
Y es justo allí, en la zona “precaria”, la de los menesterosos, donde el muerto dice más que cualquiera y a cada paso que se da, las tumbas recuerdan que allí hay alguien, que no lo olviden, que la única muerte es la soledad y que aunque con las “patas pa´delante”, todavía quieren su vaso con agua, sus fotografías, sus poderoso DIM.
Para muchos, incluida mi progenitora y otros miembros de mi núcleo familiar, esas costumbres son una total mañesada y falta de estilo, porque “¡claro! ¡Tenían que ser sicarios o mafiosos!”… Y aunque lo sean, hacen parte innegable de nuestra identidad, nuestra historia, nuestra cultura y sobretodo, nuestra comunidad.
Es esa exuberante mezcla de adornos y atavíos lo que hace de las galerías circundantes algo especial. Esa mezcla de colores, texturas y olores, más parecen un alegre salpicón que un lugar tétrico donde yace la oscura parca… y aunque el sabio Darío Gómez tenga razón en que “Nadie es eterno en el mundo”, para muchos medellinenses la eternidad se convierte en recordarle al difunto que su “Yanelis Patricia” lo seguirá amando pase lo que pase.
Si no fuera porque odio la idea de estar encerrada en pequeños espacios, aunque sea muerta, hubiera querido pertenecer, algún día, a ese excelso clan de “empiyamados de madera” y ser una habitante más de ese territorio donde Ferney, Esneider y Yulixa, por fin son vecinos de expresidentes, artistas y gente prestante. Porque allí, en el Cementerio de San Pedro, merece la pena «vivir la muerte».
